“Ayer, mañana” por Lucas San Martín

Ayer, mañana. Una posibilidad para pensar nuestro ahora, el ahora de Dios. No olvidemos que el tiempo no nos pertenece porque no podemos manipularlo ni controlarlo. Pasa, sin más.

¿Ayer, mañana?, ayer: tiempo impenetrable, abandono, silencio pétreo, abismo en el que estiro los brazos para poder, tal vez, encontrar algo. Vacio, eso encuentro; el vacio donde no quepo, donde abandoné mi antiguo yo.

Es arena, es la lejanía de una luna que dormita sobre el aliento de Dios. ¿Tengo, acaso, el derecho de cuestionar el pasado? Por supuesto, y no sólo de cuestionarlo sino de olvidarlo, de traerlo a la rastra, muerto, hacia las orillas del presente, pero ¿tiene sentido?


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Digo, al fin y al cabo es pasado. El pasado pasa, pesa, besa, crea, transcurre sobre mí en la medida que lo dejo transcurrir.

Es un signo de unas huellas olvidadas en el campo, que las veo y puedo imaginarme que son de un caballo negro, blanco, marrón o manchado, en cuyo lomo cae el peso de un asesino o un padre de familia, un gaucho rezagado o un solitario que busca la libertad en los campos del mundo.

Las huellas me exigen una multiplicidad de conjeturas, pero, objetivamente, es sólo un trozo de tierra hundida por un animal –deduzco, de un caballo.

Así es el ayer: es una inferencia, una posibilidad de pensar posibilidades. Sin embargo, todo es efímero, se evapora y se pierde entre las nubes. Ya está, ya pasó. El pasado, entonces, al fin, pasó.

¿Y el mañana? Sólo hoy existo y, aunque me pare en el filo, en la inminencia del mañana, nada puedo hacer, me ocurre lo mismo. Hay un puente que une el ayer y el mañana: la imaginación, las conjeturas.


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Otra vez podría mencionar las huellas en el campo, aunque podría ponerlo así: es la tapa de un libro. Nos puede decir todo o, por el contrario, decir nada.

Sólo inmiscuyéndose en la lectura es posible asombrarse o desilusionarse. Sin embargo en el momento en que lo tomo en mi mano sólo hay conjeturas, imaginación.

Una hoja que, débil, se desprende moribunda del árbol, ¿puede saberse su destino? Puede volar hasta un arroyo contiguo o morir al pie del árbol y formar parte del mar de hojas muertas. ¿Acaso sabemos eso cuando está próxima a caerse? ¡Imposible!.

Por eso Dios nos detiene, nos hace vivir el presente. El presente es eso, lo que va quedando atrás mientras escribo esto; es la ola que se estrella contra las rocas y salpica, al mismo tiempo que ruge en ese golpe.

Se escucha e inmediatamente entra en el túnel del pasado esperando a que otra ola arremeta contra las olas cansadas de recibir el impacto. Ese golpe es el presente, lo que se ejecuta, lo que es.


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¿Para qué pensar posibilidades o quedarse en la imaginación? Eso dijo Jesús (Mt. 6. 24-34). Entre el ayer y el mañana se delimita una línea estrecha y borrosa que nos causa incertidumbre y ansiedad.

Sin embargo, Cristo nos invitó a caminar por esa línea que se parece a un hilo, hilo que circunda el dedo de Dios. Él es quien habita la eternidad, a Él le pertenecen los tiempos.

El presente nos invita a hamacar las ansiedades, a volverlas una pequeñez. Ayer, mañana, hoy, el tiempo no es nuestro.

Dios nos ofrece el disfrute del hoy, nos otorga el yugo fácil y la ligereza de su carga. Invita a los hombres a no prescindir de estas maravillas. Somos, entonces, privilegiados en el hoy.


Artículo escrito por San Martín Lucas
Profesor de Lengua y Literatura 
Tel. Contacto: 2284710552


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