“Del otro lado de acá” por Lucas San Martín

Entre los árboles de sombras diminutas me dispongo a correr (el día sugirió la visita al campo), mientras ellas comienzan a desvanecerse ante los primeros síntomas del atardecer, yo, como fugaz y taciturno a la vez, intervengo en ese paisaje vivido con las pisadas torpes de mis piernas medias torcidas.

Me dejo arremeter por un arroyo abrasador que parte en dos las arboledas y me divide de aquel libro abierto perdido entre los yuyos que alcanzo a ver al otro lado. Se encuentra a unos veinte metros. Creo, si la inocencia y la ansiedad no me fallan, que es una biblia.


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La tapa se encontraba algo descolorida, al parecer tenía varios años de lectura y recorrido. Claramente era un libro hartamente usado: hojas reviradas y amarillentas, anotaciones como filigranas que bailaban alrededor del texto, casi ininteligibles, alguna que otra página ausente.

Todo esto, obviamente, lo supe luego, cuando lo abordé detenidamente, del otro lado de acá.

Repongo que nos separa este arroyo lleno de agua turbia, y lo cruzo como quien cruza el Rio de la Plata, o como el tipo de Discovery Channel que cruza el Rio Amazonas al estilo Tarzán: agua a la cintura y pura adrenalina.

Llego, por fin, al otro lado, exhausto -sea del susto, sea de la falta de estado – y tomo el libro. Lo acaricio, lo huelo, lo palpo, lo amo. Recorro el vericueto de su lenguaje y me detengo en una porción de esa poesía:

Aunque ande en valle de sombra de muerte

No temeré mal alguno, porque tú estarás conmigo;

Tu vara y tu cayado me infundirán aliento.


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En un instante se me descolgó el alma, la conciencia. Lo que antes ignoraba ahora se volvía más claro y conciso. Reconocí, entonces, en aquel poeta un dejo de sobrenaturalidad que trascendía la escritura; en la caducidad promiscua de su razonamiento finito dejó escrito el “Salmo 23”.

Se me erizó la piel y palidecí, y mientras levantaba la vista y veía en el monte algunos teros que volaban electrizantes se me fue la tarde perdido entre esos pensamientos virulentos.

En la tibieza del atardecer emprendo el regreso a la ciudad. En el momento que abro la puerta del departamento lo miro y me miro. Ahora no es el mismo el departamento, ni el hombre que estaba contemplándolo.

Artículo escrito por San Martín Lucas
Profesor de Lengua y Literatura 
Tel. Contacto: 2284710552

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