“Era momento de reemprender el viaje”, siempre comenzaba a relatar nuestro abuelo. Por ahí se le escapaban algunos detalles pero eso no importaba sino sus ojos diamantados, que se perlaban cada vez que nos relataba este episodio mientras nos disponíamos a escucharlo y nos codeábamos secretamente con mi hermano.
“Aún siendo funcionario de la Reina, aún con todos los honores que me arropaban, las letras en el pergamino me resultaban desconocidas, ajenas para mí”.
El pasaje trataba, según nos trazaba el abuelo, y de manera absolutamente literal, de una oveja que era llevada al matadero. Encaminado –refiriéndose ahora al cordero- hacia la muerte y sin chistar, la injusticia en su máxima expresión puso en evidencia que éste iba a dar qué hablar.
“Se acercó un hombre que se hacía llamar, creo, Felipe. Lo vi amigable y experto en el tema –sobre todo cuando insinuó mi ignorancia acerca del pasaje de Isaías-, por lo tanto lo invité a que descifrara éste enigma, éste pasaje que me ocultaba su prístino significado.
En primera instancia supuse que hablaba de sí mismo –es decir, del cordero- pero cuando este muchacho con su voz afilada y ecuánime refirió a la muerte de Cristo pude entender la magnificencia de este pasaje y juntamente con ello un desosiego indescriptible”.
En esta instancia el abuelo siempre se tomaba su tiempo para recordar bien (o contemplar bien) el episodio. Afuera, mientras tanto, comenzaban a caer hilos de agua que poco a poco se iban uniendo a otros hilos, y así la garúa tranquila iba tiñendo el relato de más intimidad.
“De pronto sentí las manos de Felipe: una conteniéndome la nuca, otra la cintura. Posteriormente, me inclinó hacia el charco que me hundió en un bautismo esencial. Algo se rompió dentro de mí, un estallido en la conciencia.
La inmanencia de Dios se pronunció en mi espíritu y comprendí que Felipe tenía razón, que debía entender todo desde el espíritu”.
Felipe, que guardaba en sus ojos el océano espiritual, supo comprender la necesidad de nuestro abuelo que ahora en la lejanía puede verse traducido en su transformación- según él nos contaba siempre.
“Aquella tarde el joven desapareció como un fantasma. Aun me pregunto cómo lo hizo…”. El relato siempre lo cortaba así, de golpe, tal vez preso de la nostalgia, pero, aun así, siempre dejaba libre el imaginario como si cada uno en la soledad pudiera completar la historia.
Lo cierto es que la lluvia no tenia tregua al caer caprichosa sobre el barro, trayendo sobre nosotros el letargo de la noche y la niñez.
Poco a poco el bullicio de las gotas se me confundían con una frase que se repetía en mí como un latido: “debía entender todo desde el espíritu…todo…desde…”.
La lluvia, al fin, se fue apagando
Artículo escrito por San Martín Lucas
Profesor de Lengua y Literatura
Tel. Contacto: 2284710552
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