Hay una verdad que invade, inminente, las fibras del alma, y surca desde cada extremo las voluntades del hombre tan endebles y acartonadas.
Una cruz se transforma en realidad, en una fragua que moldea el carácter incompleto en las tormentas vecinas, cuando éstas golpean irresistibles los pórticos de las adversidades. Un sacrificio irremediable, incontenible, desbordante, se halla pronto para extender las manos a los pequeñitos y a los frágiles del mundo.
Una culpa monstruosa, que desvanecida como una pluma próxima al suelo en su vuelo caduco, se destruye pendida de esa trascurrida cruz. Tres días para mil siglos, una poción del tiempo que salta a la eternidad y se funde entre la humanidad ambigua.
Una vida desplegada en forma de plan evidente al servicio de los que, valientes, se atreven a leerla y recorrerla ante las eventualidades incansables. Una iglesia azotada como juncos pero resistente en su unidad grandiosa, poderosa, irrompible debido a esa vida en extensión devenida de Dios. Inexplicable.
El camino ruidoso, sinuoso, se esclarece cuando Su Espíritu confronta los más profundos temores del hombre, arraigados donde éste no puede llegar, en las inalcanzables heridas del alma, longevas y semiocultas. El verbo, humillado, desmenuzado, ofrece la salvación plausible, eterna en su amor multiforme.
¿Bastará un Dios agrietado, desbaratado, fútil para convencer al hombre? ¿Les bastarán los golpes de un látigo que, íntimo, se escabulle entre los músculos inocentes mientras su punta filosa y serpenteante acaricia la sangre de un Cristo roto?
¿Podrán valorar, acaso, la consumación de la obra? ¿Podrán reparar en ese hombre frágilmente fuerte acobijado durante tres días en el epicentro de la maldad humana, en las entrañas de la tierra?
¿Habrá alguien, acaso, que se detenga y mire al mundo desamorado desde la cima de una cruz? ¿Habrá alguien dispuesto, quizás, a desmantelar la zozobra del hombre y escarbar su alma en busca de algún rincón para sembrar una mínima semilla que brote compasión en la posteridad?
Una palabra encarnada, sublime, furiosamente enamorada persigue a los convencidos, a los que van en pos de esa realidad servil: Fe. Escueta dos letras. Aunque escueta también sus vidas que prefieren brindarlas a un Dios que una vez decidió volverse carne, escoria del mundo.
Dos letras vívidas, reales donde los pájaros inquietos reposan la fatiga de sus alas, donde los hombres se acodan pensando por unos instantes en la fugacidad de la vida y en su transcurso efímero por la tierra.
Muchos de ellos, con las manos sucias escarban los costados del camino para abandonar una semilla eterna; y así van, costeándolo, renunciando a las comodidades de un sistema férreo y glacial, esperando en las oraciones caídas de sus labios la respuesta certera sobre aquella infinidad de semillas aguardantes de brotes al costado del camino…respuesta que ese Dios tan semejantemente humano dejará ver entre las hojas embrionarias y las raíces vibrantes.
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