«Vendajes» por Lucas San Martin

La venda aplastó la última llaga. El vestigio de una muerte injusta e inentendible reposaba allí, al abrigo de dos desconocidos que queríamos despedirlo de la mejor manera posible.

Antes de vendarlo la piel se quejaba de las aberturas que había sufrido y su sollozo rojizo fue poco a poco escondiéndose detrás de la tela que intentaban ocultar el horror de la muerte.

José me devuelve una mirada cómplice. Él se encargo de llevar adelante esta ardua empresa, yo de descolgarlo y traerlo a este lugar.


Los lienzos retenían el cuerpo inerte repleto de castigo. Sentí gran responsabilidad por esas heridas ya que fui parte de eso que ahora pretendo ocultar con un envoltorio, como si eso pudiera remediar algo.

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Sabía muy bien que no podía hacerlo y eso me hería más, además el silencio fúnebre, que deambulaba por la huerta, acentuaba el pesar de esta muerte.

El perfume, el aloe y la mirra bostezaban del cuerpo y se perdían en una bocanada invisible, entre la noche que bisbiseaba –todavía- el bullicio de la multitud que clamaba por justicia la misma tarde.

El recuerdo de la torpeza en mis palabras, de la inexactitud de mis preguntas, crecía como un eco entre los arbustos de mi conciencia que, de tanto en tanto, era interrumpido por el nerviosismo de José, quien esgrimía comentarios ininteligibles, extraños fácilmente digeridos por el silencio.

Recuerdo, tambien, cómo me alejé de este hombre que ahora pretendo sepultar. “Tú, que eres maestro de Israel, ¿no sabes estas cosas?” me dijo en aquella noche, la más cobarde de mi vida, que me despidió estrechando su mano e impregnándome su halo de soledad y vergüenza.

-Está listo- concluyó José. Tenía los ojos llenos de vacío. Yo también. Las vendas apretaban la sangre como guardándola del mundo. “No te sorprendas cuando te digo: es necesario nacer de nuevo”. Otra vez el eco.


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Probablemente se haya referido a esa cara repleta de tensión que pongo cuando algo no lo puedo entender y me resulta ajeno.

Mientras la luna desgajaba los recuerdos, las vendas que ocultaban los escombros de un hombre yacieron, por fin, solas en el sepulcro. Luego de asegurarnos un digno funeral caminamos abstraídos hasta desdibujarnos hacia el final de día que, dicho sea de paso, pareció interminable.

Unos pasos más adelante reconozco lo que hice. Dejé que mi compañero se adelantara en su camino y, posteriormente, caí solitariamente de rodillas.

Un susurro lamió mi conciencia como queriéndola curar: “el viento sopla de donde quiere y, aunque oyes su sonido, no sabes de dónde viene ni adónde va”.

Tuve la certeza de que su resurrección irá a evidenciar la banalidad de querer encerrar su cuerpo entre las vendas.

Artículo escrito por San Martín Lucas
Profesor de Lengua y Literatura 
Tel. Contacto: 2284710552

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