…ESAS PALABRAS… Por Lucas San Martín

Recuerdo que en aquella tarde, de esas donde las nubes se diluyen entre el naranja del espacio y los gorriones virulentos, un tipo medio raro con aires de rabino -o algo por el estilo- se acercó para cuestionar a Jesús acerca de quién es el prójimo y no sé cuántas cosas más.


La muchedumbre agolpada y eufórica interrumpía la acústica, y al encontrarme un poco lejos no alcancé a interpretar bien el intercambio de palabras.


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Como la cosa se había puesto interesante me abrí paso entre empujones y codazos que el gentío me hacía llegar a las costillas, para poder escuchar el altercado más de cerca. Estábamos acostumbrados a este tipo de situaciones; siempre que el Maestro salía a caminar algo pasaba, y no sé cómo ni de qué manera pero con una sola palabra de él se terminaba la cuestión.


Jesús, a quien muchos lo llamamos Maestro, habló y contó la historia de un hombre extranjero que, viniendo de tan lejos, al llegar a las cercanías de estos pagos lo interceptaron súbitamente unos ladrones. Golpeándolo hasta el cansancio decidieron marcharse. Típico de los cobardes.

El relato tenía un dejo tan real que nos iba absorbiendo a todos y nos sumía en esas palabras llenas de astucia y de suavidad. Por momento me hacía acordar a las historias que mi madre nos contaba cuando éramos unos niños revoltosos. La única forma de atraer nuestra atención era contando algo que nos abstrajera de tanta rebeldía.

Obviamente, ahora de grande las historias las escucho desde un lugar distinto. Sin embargo, si lanzaba una mirada de soslayo podía percatarme de que algunos muchachos estaban poco interesados por el relato. Bueno, al fin y al cabo ellos se lo pierden.


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La cuestión, según nos contaba, es que pasó un sacerdote y mirando al hombre medio moribundo decidió hacer la vista gorda- inmediatamente me imaginé al tipo tendido entre el pedregullo viendo cómo la figura del magnate religioso se iba perdiendo en el paisaje. Inmediatamente tambien sentí la indignación que aquel hombre pudo haber sentido.

Luego pasó otro. Mirándolo desde la lejanía no repuso en la presencia del pobre tipo. No es que no repuso, no quiso reponer en realidad. Pasó de largo como alambre caído. Nuevamente volvió a sentir el abandono en esa tarde de infortunios.

Según venía contando el maestro pasó un tercero. Todo esperábamos el desenlace. Éste le tendió la mano y con ella la posibilidad de continuar con vida. Para muchos que estábamos ensimismados en el relato nos ofreció otro detalle más: además de detenerse le vendó las heridas. Seguramente se arrodilló, lo tomo de los brazos, y con toda paciencia se encargó de limpiar cualquier tipo de abertura en la piel. Luego, encargando al mesonero del lugar que cuidara de él, se marchó.


Jesús lanza una mirada pertinente y pregunta acerca de quién es el verdadero prójimo. Muchos para nuestros adentros conjeturamos alguna que otra respuesta. Cuando el contrincante mencionó la palabra misericordia se me descolgó el ego, y me acordé de ciertas circunstancias en las que pasé de largo, que miré para otro costado practicando el ejercicio de la individualidad. Posteriormente el entrevero de palabras se disolvió al igual que el gentío.

En medio de la soledad vi la espalda del maestro que se vislumbraba a unos metros. Me aproximé con ansias y le toqué el hombro. Sin asombro me dijo haber reparado en mi presencia –nunca entendí cómo pudo haberlo hecho entre tanta muchedumbre-, y agregó:

-¿Te acordás de aquel hombre canoso y cabizbajo que viste caído en la calle aquel sábado?
Sólo se estrechó un silencio dentro de mí. Las reminiscencias de ese sábado y específicamente de aquel hombre redundaron en un sentimiento de egoísmo.

-Ese tambien era yo- me dijo
Sólo deje que siguiera caminando. Esas palabras me anclaron por un largo rato en una esquina semidesierta.


Artículo escrito por:  San Martín Lucas
Profesor de Lengua y Literatura 
Tel. Contacto: 2284710552


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