“El libro” por Lucas San Martín

El libro. Una breve relato, una excusa de Dios para instarnos a la perseverancia y no abandonar aquello para lo que fuimos llamados.

“El libro” por Lucas San Martín relata como Dios, entonces, acarició el tiempo perdido que me acusaba; su abrazo barrió los escombros del dolor. De repente recordé sus promesas.

Vamos a sentarnos acá, en la salamandra de los pobres- dijo y señaló el cordón de la vereda-. El calor de la luz se abría paso entre semejante frio de agosto. Eran las diez de la mañana y el sol que había despuntado hace un rato cobró protagonismo en toda la ciudad.

Se escuchaba en cualquier conversación: “¡Qué solcito!”, o “Está lindo al solcito”. Bueno, todos teníamos una excusa para abrir cualquier tipo de conversación con cualquier tipo de persona: con un vecino, con el panadero, con la chica que te gusta, con el hombre que, tal vez, parece lejano.


Lee también:“Ayer, mañana” por Lucas San Martín


En fin, indudablemente, estar así, bajo el calor de la salamandra, era altamente reconfortante.

Yo no lo conocía pero él insistió en que algo tenía para decirme. No sé qué. La verdad es que me sobraba algo de tiempo porque estaba esperando a que mi hermano haga los papeleríos del traspaso de luz, gas, y demás yerba que te piden cuando te vas a alquilar un departamento o una casa, y por eso decidí escucharlo.

Me sobraba tiempo –insisto- y sólo por eso me detuve. Además estaba un poco aburrido. Fijamos un lugar de encuentro con mi hermano: la plaza.

Él se encargaría de hacer todos los papeles y yo, que lo traje en moto, esperaría por acá. Él sabe que estos tipos de trámites me irritan, que los odio.

En fin, no sé cómo, cuándo, ni dónde, pero estoy sentado acá con un tal Diego que, según insiste, tiene algo que contarme.

El muchacho tenía cierta verborragia que cautivaba mi atención. Hablaba y hablaba. Cuando por momentos hacía una pausa en mi mente pensaba en cómo habíamos llegado a hablar de esto o de aquello.

Creo que tenía una estrategia y sabía adónde llegaría. Tenía cierta sospecha de cómo venia la mano ya que venía cuestionándome algunas cosas de mi vida y sabia que Dios, en algún momento y con alguna persona, me iría a hablar.


Lee también: «Rol Paterno» por Emanuel Fernandez


Diego habló de un hombre –encontraba familiar esta historia, alguna vez la había escuchado pero por algún motivo la olvidé-, que, caminando por el bosque, encontró a un sujeto que cavaba arduamente la tierra.

La soledad hizo que el primero se acercara para parecer amigable y le preguntase al segundo por qué se empeña en cavar en un bosque tan inhóspito como aquel.

A lo que éste le respondió: “mi padre me dejó este legado: encontrar un libro que su padre –mi abuelo- dejó enterrado. En él se hallaba escrito un secreto familiar que había desconocido toda su vida”.

Luego de partir el primer hombre, no insistiendo demasiado en ahondar en la historia, repone en la perseverancia de ese sujeto. Cavando, cavando…todo pasó de generación en generación.

Allí había una visión concreta, una virtud que se encontraba más allá del hecho de cavar para encontrar el libro: la persistencia estoica que traspasó el tiempo y las adversidades.

Mientras se iba alejando vio cómo el hombre cortaba la tierra con el hierro de la pala sin importarle qué hora era, dónde estaba o si estaría verdaderamente allí el libro.

Diego y su historia pasaron a un segundo plano. Sabía que Dios estaba hablándome porque si de algo estoy seguro es que cuando Él me habla me desgaja por completo, es inevitable.

Me perdí entre el sollozo que se estrujaba en la garganta. Tragaba pero parecía que un cuchillo me lamia desde dentro; los cristales rompieron en la puerta de mis ojos y lloré profundamente.

Diego y su historia también se fueron y se escondieron entre los transeúntes que pasaban electrizantes.


Lee también:Reflexión: Siendo Diamantes en Manos del Orfebre


Dios, entonces, acarició el tiempo perdido que me acusaba; su abrazo barrió los escombros del dolor. De repente recordé sus promesas, Su Hijo ocupando mi lugar, todo lo que Él me había dicho en lo secreto.

¿Acaso no fue claro el mensaje? ¿Acaso pueden mis veleidades dar un freno a su voz? Las cosas más hermosas siempre las escuché de su boca, me las susurraba entre las caricias de nuestro espíritu.

Recordé también que debía seguir cavando estoicamente. Recordé dónde había dejado la pala hace tiempo y que ahora Dios me persuadía a tomarla de nuevo.

Me confrontaba con seguir y no abandonar, de tomar la pala y cavar hasta encontrar el secreto –al igual que la historia que me había contado Diego- que Dios me quería contar.

Una mano se aplastó contra mi hombro: era mi hermano. Ya había terminado los tramiteríos y venia un poco ofuscado hablando de la burocracia y no sé cuantas cosas más en las que evité reponer.

No se animó a preguntar por mis lágrimas e hizo como si nada hubiera pasado. Así nos fuimos internando poco a poco entre las bocinas de los autos y las calles del mediodía.

Nunca más supe de Diego, ni él –supongo- nunca sabrá que Dios cambió mi vida a través de su breve historia.

“El libro” por Lucas San Martín.


Artículo escrito por San Martín Lucas
Profesor de Lengua y Literatura 
Tel. Contacto: 2284710552


www.contramano.com.ar

A %d blogueros les gusta esto: