«Desgajándome» por Lucas San Martín

Cuando hago contacto con la escritura me desgrano, desaparezco. Una vez que ese proceso de desgajamiento llega a su fin, Cristo ilumina la verdad –que, obviamente, es su sustancia-.

Desgajándome: cada vez estoy más convencido de que la escritura me desplaza del centro. El centro es cristo. Todo, absolutamente todo, se encierra y dirige en y hacia Él. No soy yo, entonces, buscando a Dios, sino Dios buscándome incansablemente.


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Si estamos en paz con Dios, por ejemplo, sólo lo es por medio de Su hijo. Todo habla de Él y de Su obra redentora. Si necesito buscarme en la escritura debería leer a Sábato o, tal vez si me pongo más riguroso, a Unamuno.

Ya no hay para mí el deseo de triunfalismo, de conquista, de empoderamiento, sino, por el contrario, hay un hombre totalmente desarropado de sí mismo con sed espiritual.

Todo esto sucede porque me pongo en contacto con la escritura, es decir, con Cristo mismo.

Lo encuentro y me borro porque todo el plan perfecto dibuja su silueta. En sus azotes encontré mis heridas, en sus tobillos moribundos se desplomó el peso de una cruz enorme llena de indignación y fracaso.

No es que está en mí sino que me encuentro en Él, soy el que está, al igual que el agua, en el vaso siendo contenido.


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Todo habla del Verbo, todos los caminos conducen a él, al logos. Toda la Palabra de Dios se encarnó y habitó, entonces sería absurdo querer encontrarme en las escrituras, o sentirme solamente identificado con las historias porque todo me indica, como la luz del alba, un norte, una dirección concreta y es la de Cristo.

Todo apunta hacia él y no hay nada que pueda hacer al respecto.

Cristo, el mesites, el mediador nos reconcilió con Dios y es sólo en esa verdad en la que aparezco.

Las cosas son hechas nuevas sólo por Cristo; las cosas viejas pasaron si sólo nazco de nuevo.

No hay nada que pueda hacer para contrariar esto porque el plan no es el mío, sino el de Dios. La justicia de Dios me selló el espíritu y sólo eso es posible por Cristo.

Si me siento identificado en la escritura es sólo porque nací de nuevo.

Ya no es “Con Él” sino “En Él”, sólo incluyéndome en su persona es que estoy juntamente con él. Cada vez, entonces, que me aproximo a las escrituras toco a Cristo y toda mi humanidad desaparece, se quema como la hierba acariciada por la lava.


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La cruz mutila mis proyectos personales, restringe la posibilidad- aunque a veces terco- de hacer lo que se me da la gana, me ensancha la puerta del reino pero angosta la del mundo.

Dios ya estaba en Cristo reconciliando al mundo consigo. Si derribó las enemistades y ya hizo absolutamente todo, quiere decir que no tengo que hacer nada y sólo creer que me encuentro en Él, incluido en Su persona, desgajándose, en consecuencia, mi abyecta humanidad.

El segundo Adán ya hizo todo, por eso ya no queda nada que pueda hacer sino sólo acurrucarme en sus brazos y no hacer más que creer porque nada de lo que hay en mi humanidad sirve.

Cuando toco la Palabra cada parte de mi ser se desmembrana y el alma queda al descubierto porque me acerco a un foco gigante que alumbra todas las miserias –que Él ya perdonó-.

Él me hace entender que la vida está en Él, en su inmenso amor vicario.


CONTRAMANO

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